Literatura, ideología y sociocrítica

  • Literature, ideology and sociocriticism
  • Littérature, idéologie et sociocritique

La sociocrítica de Edmond Cros trata de articular tres tipos de formaciones: sociales, ideológicas y discursivas. Interesada especialmente por las mediaciones y el trabajo de la escritura, utiliza un aparato conceptual sofisticado para describir el proceso por el que la sociedad, la historia y la ideología se transforman en texto literario.

Edmond Cros’s sociocriticism tries to articulate three types of formations: social, ideological and discursive. Particularly interested in mediations and the work of writing, he uses a sophisticated conceptual apparatus to describe the process by which society, history and ideology are transformed into literary text.

La sociocritique d’Edmond Cros tente d’articuler trois types de formations: sociale, idéologique et discursive. Particulièrement intéressée par les médiations et le travail d’écriture, elle utilise un appareil conceptuel sophistiqué pour décrire le processus par lequel la société, l’histoire et l’idéologie sont transformées en texte littéraire.

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Ideología y política de las formas

Las relaciones entre literatura e ideología no pasan inadvertidas a la sociocrítica de Duchet, Cros y Zima. El primero habla de un análisis social e ideológico de las obras literarias, de las que la sociocrítica hace una lectura inmanente, sirviéndose de la noción de texto elaborada por la crítica formal y tomándolo como objeto prioritario de estudio: “Mais la finalité est différente, puisque l’intention et la stratégie de la sociocritique sont de restituir au texte des formalistes sa teneur sociale” (Duchet, 1979, p. 3). Esta concesión inicial al inmanentismo formalista no impide entender la “creación artística” como una práctica social y por lo tanto como una “producción ideológica” (p. 3), precisamente por lo que tiene de proceso estético y no por reflejar tal o cual realidad. Es en la especificidad estética misma de los textos donde la sociocrítica se esfuerza por leer su “socialidad” (p. 4). Duchet no renuncia ni mucho menos al concepto de “literariedad”, pero integrándolo en el análisis sociotextual. Trata de suturar la herida abierta entre el interior y el exterior del texto, entre la lectura formalista y la lectura sociológica, y por eso pone de relieve “la réorientation de l’investigation socio-historique du dehors vers le dedans”, esto es, hacia la organización interna de los textos, sus sistemas de funcionamiento, sus redes de sentido (p. 4). Ahora bien, solo la ideología literaria dominante establece la división entre un lado interior y un lado exterior de la obra, entre la forma y el contenido, el texto y el contexto, un lado quieto (sincrónico) y un lado movible (diacrónico) (Rodríguez, 2015, p. 58).

Si la sociocrítica busca superar esas falsas dicotomías, es porque las acepta y cree en ellas (García, 2011, p. 429). Intenta cerrar la brecha entre el formalismo desocializador y el contenidismo del “reflejo” (Chicharro, 2009, p. 11 y 2020, p. 31), entre el fetichismo lingüisticista y el sociologismo literario (Chicharro, 2020, p. 73, p. 108, p. 116), pero lo hace instalándose en el interior del texto, desechando por no “científico” todo el estudio sociológico (exterior) de la obra, otorgando solo ese carácter supuestamente “científico” a los conceptos elaborados por la crítica inmanentista, formalista, estructuralista o semiótica, por el lingüisticismo en suma: el lenguaje como único elemento sobre el que se puede asentar la literatura para convertirla en objeto de una ciencia exacta (Rodríguez, 2015, p. 54). La sociocrítica decide jugar sus cartas socializantes en el marco teórico acotado por esta ideología, por lo general incuestionada, de la literatura como lenguaje. Acepta las reglas de esta ideología de “lo literario”. De manera que la literatura es un discurso (relativamente) autónomo y la historia y la sociedad en que este discurso se produce (el contexto) no son literatura, solo lo son en cuanto son llevadas al interior de la obra, procesadas textualmente, convertidas en texto. Pero repito que esta distinción entre interior y exterior del texto, la forma (lo propiamente literario) y el contenido (lo exterior a la literatura), el en sí y el fuera de sí (Rodríguez, 2015, p. 95), solo es un fantasma fabricado por la ideología teórico literaria de raíz inmanentista.

Sin saltar por encima de tal distinción, Duchet apostilla que la sociocrítica “voudrait s’écarter à la fois d’une poétique des restes, qui décante le social, et d’une politique des contenus, qui néglige la textualité” (1979, p. 4). Se podría argüir que así cae en una política de las formas, de lo textual, por muy sociales que quieran verse esas formas y esa textualidad. Una textualidad que en ningún caso es cuestión de “contenidos”. La sociocrítica se interesa por la inscripción de las “condiciones de la producción literaria” en las obras mismas. Esta inscripción es “indissociable de la mise en texte” (p. 4). Efectuar una lectura sociocrítica supone abrir la obra desde dentro, reconociendo que el “proyecto creador” (la ideología de la “creación” acecha siempre a Duchet, por mucho que hable a la vez de producción literaria, incluso de producción ideológica) tropieza con las resistencias o el espesor “d’un déjà lá”, “d’un déjà fait” (lo social, lo histórico, lo ideológico). No es sino la dialéctica bajtiniana entre “lo dado y lo creado” (Chicharro, 2012, p. 20 y 2020, p. 53; Moszczyńska, 2012, p. 12), aunque siempre abordada desde el inmanentismo crítico y desde la ideología kantiana de la intimidad del lenguaje: el sistema lingüístico en su pureza formal y estética (Rodríguez, 2015, p. 55-56, p. 292-297).

Nuestro teórico francés no puede ser más claro a este respecto: “Dedans de l’oeuvre et dedans du langage” (Duchet, 1979, p. 4). ¿Quién sino la ideología formalista, esteticista e inmanentista de la literatura ha dictaminado que la obra y el lenguaje tienen un interior, una intimidad esencial? No debe extrañar entonces la insistencia en la importancia decisiva de las mediaciones; en concreto, las existentes entre lo que Duchet llama con inequívoco aire marxista la base socioeconómica y la producción de bienes simbólicos, sin olvidar en este proceso “la réalité de l’idéologie” (p. 4). No debe extrañar, tampoco, que defina la sociocrítica como una sociología de la escritura (sin duda pensamos ahora en l’écriture de Barthes) y una “poétique de la socialité” (p. 4), concepto que nos lleva a la poética sociológica de Bajtín. A la vez no deja de expresar sus deudas con el estructuralismo genético: “À la sociocritique Goldmann a, le premier, donné son principe directeur qui pourrait se formuler ainsi: le texte, rien que le texte mais tout le texte” (p. 5). De este “todo” formaría parte la ideología: “il était inevitable enfin que la chose ou le mot fussent au centre de nos rencontres” (p. 7). En Marx la ideología solo puede comprenderse en relación con la lucha de clases. No es, aclara Duchet, ni la Weltanschauung ni tampoco la “visión del mundo” (un concepto precisamente goldmaniano) (p. 7). No cabe reducirla a un fenómeno de óptica, añade nuestro teórico, sin duda pensando en La ideología alemana (1845-1847), donde se define como imagen invertida de la realidad (la metáfora de la cámara oscura). La ideología es condición y asimismo producto de todo discurso. Para la sociocrítica el problema es la especificidad del trabajo ficcional o poético en relación con los enunciados que atraviesan el texto, lo cual no quiere decir que ese trabajo ficcional escape a las luchas ideológicas reales (p. 7). La sociocrítica no sabría restringirse, aun así, a una lectura de la ideología: “Le raccourci dangereux serait de couvrir de ce terme tout le social simplement retrouvé dans le texte” (p. 7).

El prejuicio de lo literario, el fetichismo del texto (Rodríguez, 2015, p. 31), incluso las concesiones a la sociología, impiden a Duchet reducir la socialidad, la historicidad de la obra literaria a la ideología. Hay, sin embargo, quien no ha experimentado dificultad alguna en definir la literatura como un discurso ideológico y radicalmente histórico (Rodríguez, 1990). Nuestro teórico previene incluso contra las “tautologías” de la ideología dominante, aun suscribiendo, como Cros (2009, p. 92-93), la definición althusseriana de la ideología como un sistema de representaciones que posee su lógica y su rigor propios y que está dotado de una existencia y de un papel histórico en el seno de una sociedad dada (Duchet, 1979, p. 8). Por aquí acaba remitiendo al Duby que se ocupa de la historia social y las ideologías de las sociedades y al Vilar que entiende la historia marxista como una historia en construcción: “Tout penser historiquement, voilà le marxisme” (Vilar en Duchet, 1979, p. 8). Siguiendo esta consigna, los fenómenos sociales de los que participa la literatura no pueden deshistorizarse en el espacio del texto: “Le texte historise et socialise ce dont il parle, ce qu’il parle différemment” (p. 8). Pese a la voluntad de no desocializar/deshistorizar el texto, lo cierto es que la sociedad y la historia —la historia tal y como la teoriza el marxismo— son textualizadas, reducidas a forma, escritura.

No es que el texto, ocupando ese lugar central que le asigna Duchet, historice y socialice aquello de lo que habla desde su diferencia o su autonomía; es que la sociedad y la historia —el corazón periférico de la literatura (Chicharro, 2005, p. 73-75)— producen el texto, le hacen hablar, decir lo que dice y cómo lo dice, callar lo que calla y por qué lo calla: “la sociocritique interroge l’implicite, les présupposés, le non dit ou l’impensé, les silences, et formule l’hypothèse de l’inconscient social du texte” (Duchet, 1979, p. 4). Esto es, lo que Rodríguez (2015, p. 28) llama el “inconsciente ideológico” latente en la lógica productiva del texto. Ya Althusser subraya el carácter inconsciente de la ideología. Presentando el número inicial de la revista Littérature, en concreto el dosier titulado “Littérature, ideólogies, société”, Duchet pone de relieve la importancia para la sociocrítica de una “sémiologie critique de l’idéologie”, de un desciframiento de lo no dicho (1971, p. 14). Bastante después, al frente de un dosier sobre las mediaciones de lo social publicado por la misma revista, remarca una serie de alcances: la relativa autonomía de lo textual, la complejidad de las instancias mediadoras entre la literatura y su co-texto sociohistórico, la problematización de lo literario mismo, la percepción de lo ideológico como textualidad activa y no como “falsa conciencia” (volvemos a La ideología alemana), la toma en cuenta de todo lo que no adviene sino por el lenguaje (Duchet, 1988, p. 3; Chicharro, 2012, p. 41). Marxismo y lingüisticismo vuelven a conjugarse aquí con dificultad. Las dos últimas proposiciones teóricas enunciadas no dejan lugar a dudas.

El propio Duchet reconoce en una entrevista publicada también en Littérature que el “momento lingüístico” de los años sesenta y setenta fue contemporáneo de los inicios de la actividad sociocrítica. Esta parecía encontrar en la lingüística estructural cuanto necesitaba para estudiar el texto: “La situation était cependant paradoxale: il s’agissait de se servir d’une linguistique qui excluait le référent, alors que la sociocritique se voulait lecture du référent caché, travesti ou dissimulé” (Duchet en Amossy, 2005, p. 126). Esta contradicción explica una relación inconfortable con el concepto saussureano de signo. La sociocrítica se esforzaba por establecer lo que la lingüística surgida de Saussure excluía por método: “La sociocritique renversait en quelque sorte la proposition puisqu’elle partait de l’extérieur, de la socialité, qui n’était pas pertinente pour une linguistique désireuse de mettre en lumière le système de la langue” (p. 126). La contradicción se resuelve, ya lo sabemos, instalándose en el interior del texto, extrayendo la socialidad de su funcionamiento lingüístico. La sociocrítica, continúa explicando Duchet, se ha puesto siempre en guardia contra la tentación de la clausura. Explorando la socialidad, busca en el texto lo que le fuerza a salir del texto quedándose dentro de él. La lingüística solo estaba interesada en el funcionamiento del texto en sí; la sociocrítica tenía otra visión, pero no quería privarse de las conquistas de la lingüística (p. 126). Por lo tanto, cierra aparentemente la brecha entre el interior y el exterior del texto (Chicharro, 1998, p. 34), entre la literatura y la sociedad y la historia. Solo aparentemente, porque lo que en realidad hace es instalarse en el interior, reducir el contexto sociohistórico —incluida la ideología— a co-texto o mero texto, a forma y literariedad. Nuestro teórico repite aquí, a pesar de todo, que la sociocrítica ambiciona encontrar el inconsciente social del texto (Duchet en Amossy, 2005, p. 130) y afirma que la noción de historicidad es para ella fundamental (p. 132).

Semiótica de la ideología

Más próximo a la estética negativa de Adorno que al concepto de producción literaria e ideológica derivado de Althusser (Linares Alés, 1996a, p. 145, p. 154 y 1996b, p. 10, p. 18), Zima reconoce que “le concept d’idéologie occupe une place importante dans toute la sociologie de la littérature qui se réclame de Marx et du marxisme (1985, p. 23). Por eso lleva a cabo en su manual de sociocrítica un recorrido por la ideología en Marx y Engels (falsa conciencia, instrumento de dominación), Gramsci (la noción de hegemonía cultural) y Althusser (la ideología interpela a los individuos como sujetos). Incluso se hace eco de cómo los althusserianos Balibar y Macherey (1975) entienden la literatura como “forma ideológica”: lejos de expresar una ideología coherente, el texto revela una serie de contradicciones ideológicas; no representa una ideología, sino que la pone en escena, revelando sus límites, haciendo que no aparezca como natural, manifestando su contingencia, su historicidad (Zima, 1985, p. 42). No obstante, este otro sociocrítico opone ciertas reservas al Macherey (1974) que teoriza la producción literaria. Por ejemplo, cuando adopta sin reserva la idea de Althusser —y que este debe a Lacan— de que la ideología ha de situarse en el inconsciente, Macherey no ve que la práctica literaria puede ser una crítica consciente del discurso ideológico (Zima, 1985, p. 43). La literatura es para él una práctica ideológica ante todo, mientras que a ojos de Adorno es a la vez un hecho social y un universo autónomo (p. 43). Siguiendo los planteamientos de este integrante de la Escuela de Frankfurt, el objeto de la investigación sociológica es la negatividad inherente al arte crítico, su capacidad para resistir a las ideologías (p. 63-64).

Por otro lado, Zima aboga por definir o redefinir el concepto de ideología desde un plano sociosemiótico (1985, p. 136). Más arriba se ha visto cómo Duchet considera básica una semiótica de la ideología, en la línea de quienes, como Rossi-Landi (1972, p. 6), han esgrimido que una doctrina de la ideología sin semiótica corre el riesgo de aparecer demasiado simple frente a los fenómenos sígnicos que alteran la sociedad contemporánea, así como una semiótica a la que falte el sustento de una doctrina de la ideología queda apartada de la praxis: “Semiotica e dottrina delle ideologie, pertanto, debbono essere sviluppate insieme” (p. 6). Las sociocríticas de Duchet y de Cros, incluso la de Zima, comparten el presupuesto básico de que la ideología es lenguaje y el lenguaje es ideología: “La máquina del lenguaje es, pues, interna respecto a la ideología” (Rossi-Landi, 1980, p. 236). Sin embargo, solo desde el lingüisticismo puede sostenerse que, como las ideologías se expresan lingüísticamente, en ausencia de signos lingüísticos no hay ideologías (p. 238). Las ideologías existen social e históricamente, tienen un funcionamiento objetivo, al margen de que se expresen o no y de cómo lo hagan.

Reflexionando sobre las representaciones ideológicas en la literatura, Reis también ha acabado postulando la conveniencia de una semiosis de la ideología (1987, p. 23). No sin puntualizar que “nos encontramos en una situación de conflicto entre la peculiaridad de toda creación estética relativamente sofisticada y la vinculación social inherente a toda referencia ideológica” (p. 28). De nuevo la dicotomía entre lo interno y lo externo. La representación ideológica no tiene más remedio que adecuarse al estatuto del lenguaje literario, la presencia de sentidos ideológicos en la obra literaria debe ser considerada en el marco de una discursividad propia (p. 33). Sin perturbar necesariamente su naturaleza estética, su configuración específica a partir de lo que Lotman llama modelización secundaria, el discurso literario es resultado de la incorporación de componentes ideológicos (p. 39-40). Reis se apoya en Tynianov, quien en “De la evolución literaria” (1927) postula que la vida social entra en correlación con la literatura ante todo por su aspecto verbal; la correlación entre la serie literaria y la vida social se establece a través de la actividad lingüística (p. 95). Del mismo modo se apoya en el Volóshinov de El marxismo y la filosofía del lenguaje (1929) —aunque atribuye su autoría a Bajtín— para puntualizar que el problema de la relación recíproca entre la infraestructura y las superestructuras puede aclararse en gran medida mediante el estudio del material verbal (p. 104). El marxista Volóshinov debe al formalista Tynianov mucho más de lo que pudiera parecer.

La sociocrítica de Cros bebe tanto de la sociosemiótica bajtiniana como de la lingüística que arranca de Saussure. Por eso marca distancias con las sociologías literarias que, como la de Escarpit, atienden a los “elementos extratextuales” a expensas de la “crítica textual interna”, de la crítica estética (Cros, 1986, p. 12-13). Esas corrientes se interesan en realidad por el hecho sociológico que representa la obra literaria y no por “la literatura en cuanto tal”, con lo que no tienen en cuenta la especificidad del texto de ficción (Cros, 1986, p. 19 y 1989, p. 131-132; Linares Alés, 1996a, p. 143 y 1996b, p. 9; Chicharro, 2005, p. 137). Para el profesor de Montpellier, esta especificidad del texto literario no es atendida por el análisis sociológico empirista, que excluye “la posibilidad de evidenciar la situación sociohistórica tal como puede aparecer en la estructura o en la escritura” (1986, p. 20). La sociocrítica cuenta, así pues, con un objeto de estudio específico, diferente del que se ha fijado hasta ahora la sociología de la literatura (p. 21). La raya entre lo textual y lo extratextual, entre la literatura en cuanto tal y lo social, histórico e ideológico, es clara. Cros describe el aludido concepto goldmaniano de visión del mundo (1986, p. 22-23, 1989, p. 143 y 1992, p. 29; Chicharro, 1998, p. 51), que de algún modo está emparentado con el de ideología, pero de inmediato alerta sobre la conveniencia de no confundir la coherencia de una visión del mundo con la del texto (1986, p. 27). El sistema específico del texto lo hace autónomo con respecto a la realidad referencial, una posición teórica que distingue la sociocrítica crosiana del estructuralismo genético (p. 27).

Todo “trazado ideológico” introducido en una estructura textual se desconecta del conjunto al que pertenece para entrar en una nueva combinación a la que transfiere su propia capacidad de producir sentido (Cros, 1986, p. 27). Nuestro teórico sentencia, con Tynianov, que la vida social entra en correlación con la literatura ante todo por su aspecto verbal (Cros, 1986, p. 27; Linares Alés, 2009, p. 29; Chicharro, 2012, p. 54). No es la única vez que acude a esta idea (Cros, 1989, p. 138 y 2009, p. 75). Si confiesa haberse ido apartando progresivamente del estructuralismo genético es por haber centrado sus análisis en la literariedad de las obras de ficción, intentando privilegiar el “trabajo de la escritura” (Cros, 1986, p. 31 y 2009, p. 79; Salas Romo, 1995, p. 346). No le convence la distinción goldmaniana entre las ideologías y las visiones del mundo a partir del carácter parcial y deformante de las primeras, total de las segundas. Al estar ligada a intereses sociales precisos, una visión del mundo no puede ser objetiva ni totalizante (Cros, 1986, p. 32). Coincidiendo con Balibar y Macherey, entiende la literatura como una forma ideológica (Linares Alés, 1996a, p. 146 y 1996b, p. 11; Chicharro, 1998, p. 52, 2006, p. 10, 2012, p. 73 y 2020, p. 18) ligada a determinados Aparatos Ideológicos de Estado, para empezar la Escuela. La literatura constituye una práctica social y ante todo una “práctica lingüística” (Cros, 1986, p. 42). El texto literario supone una solución imaginaria de contradicciones ideológicas inconciliables (p. 43). Produce efectos, se convierte en operador de una reproducción de la ideología en su conjunto (p. 44). Por aquí nuestro teórico define la literatura como una “práctica ideológica” y enlaza con Althusser (Cros, 1986, p. 45-47; Salas Romo, 1995, p. 343; Chicharro, 2012, p. 30 y 2020, p. 14).

Las prácticas ideológicas modelizan las formas mismas y las estructuras del discurso literario (Cros, 1986, p. 48). Cabe entonces preguntarse si para este modo de entender la sociocrítica la ideología está fuera o dentro del texto. Naturalmente, en principio, está fuera. El profesor de Montpellier insiste en que el lenguaje literario es un lenguaje ficticio y específico, sujeto a un doble desligamiento, tanto con respecto a otros discursos como con respecto al universo referencial (p. 55). No por eso deja de unir esta especificidad y este carácter ficticio a un Aparato Ideológico de Estado dominante (la Escuela en nuestras sociedades modernas, la Iglesia en el mundo feudal o del Siglo de Oro) (Cros, 1986, p. 55 y 1989, p. 137, p. 142). En la misma línea se sirve de los conceptos de formación ideológica y formación discursiva desarrollados por M. Pêcheux a partir del marxista clásico de formación social (Cros, 1986, p. 63, 1989, p. 140 y 2009, p. 93; Linares Alés, 2009, p. 32). Las formaciones discursivas representan, en el lenguaje, las formaciones ideológicas que les corresponden. La ideología, como la sociedad y la historia, acaban trasladándose al interior del texto mediante el trabajo de la escritura, el proceso de textualización, de formalización o modelización secundaria. La ideología es “cristalizada lingüística o icónicamente” (Linares Alés, 2009, p. 35). De aquí la atención que presta Cros a la semiología de lo ideológico (Salas Romo, 1995, p. 343).

A su modo de ver, la autonomía lograda por el texto con respecto a la realidad referencial al establecer un lenguaje figurativo propio lo priva de “toda posibilidad de coincidencia que no sea accidental y ambigua con un pensamiento organizado y argumentado que se expresaría en términos de ideología” (Cros, 1986, p. 74). Todo lo más, esta puede mostrarse en forma de huellas y residuos que no alcanzan a ser significativos en sí mismos (Linares Alés, 1996a, p. 147 y 1996b, p. 12-13). De hecho, la ideología, debido a su carácter inconsciente y opaco, no es para Althusser un pensamiento organizado y argumentado, sino más bien esas huellas y residuos. En el fondo, Cros está pensando en la “visión del mundo” goldmanniana, que a su parecer supone una excesiva atención al contenido y un estancamiento metodológico del que no se puede salir sino recurriendo al discutible concepto de “homología”: “Si definimos el contenido como el significado del lenguaje figurativo, se comprenderá fácilmente por qué la sociocrítica privilegia, por una parte, el análisis del significante y, por otra, todo lo que se dice —o se oculta— en el punto de articulación del significante y del significado” (1986, p. 74). La forma, no el contenido; el significante, no el significado; o como mucho, el proceso por el que el significado se convierte en significante. Esto es, la “textualización” de las prácticas sociales, que evidentemente son ideológicas (p. 75).

Para abordar este problema, el paso de la práctica social a la práctica textual, Cros se inclina por la noción de ideología manejada por Althusser, para quien tiene una existencia material por cuanto se inscribe siempre en un Aparato Ideológico y sus prácticas (Althusser, 1995, p. 218-219, p. 299; Cros, 1986, p. 75). Toda “ideología materializada” produce “microsemióticas de ideosemas” que aseguran su reproducción (Cros, 1986, p. 76). Con el concepto de ideosema se busca explicar el paso de lo prediscursivo a lo discursivo (Cros 1989, p. 147-148, 1992, p. 12, p. 41-42 y 2010, p. 22-23; Salas Romo, 1995, p. 344; Chicharro, 2006, p. 11, 2012, p. 31, p. 74, p. 109-110, 2013, p. 33 y 2020, p. 20, p. 54-55). Los ideosemas son “articuladores semiótico-ideológicos que juegan un papel eje entre la sociedad y lo textual” (Cros, 2009, p. 82). Más aún, este concepto permite conocer “cómo se articula la ideología en el proceso que va de lo social a lo textual” (Chicharro, 2020, p. 109). De aquí un título crosiano como Ideosemas y morfogénesis del texto (1992), traducción del título original De l’engendrement de formes (1990), no menos ilustrativo que el posterior de Genèse socio-idéologique des formes (1998). No olvidemos precisar, sin embargo, que para Althusser la ideología juega un papel básico en la “reproducción” no ya de sí misma sino de unas relaciones de producción que son a su vez unas relaciones de explotación (1995, p. 124).

La tarea del semiólogo que también es el sociocrítico consiste en “reconstituir estos tipos de redes de signos para volver a encontrar, aguas arriba, las prácticas ideológicas que los han producido” (Cros 1986, p. 76; Salas Romo, 1995, p. 348). La práctica ideológica participa en la estructuración del texto literario por medio de esa microsemiótica de ideosemas (Cros, 1986, p. 79). La ideología entra así dentro del texto, pero ya no es ideología, como la sociedad y la historia no son sociedad e historia, sino escritura, forma o significante. Lo que importa al sociocrítico es “cómo se inscribe una marca ideológica en las estructuras formales de los textos” (p. 84). Cros reconoce la importancia que concede al análisis de las ideologías y de sus modalidades de funcionamiento en el texto de ficción. Al modelar los fenómenos individuales y colectivos de conciencia, la ideología interviene en todos los estadios de la producción de sentido (p. 91). La semiótica de la ideología constituye “una disciplina de base para la sociocrítica” (p. 92), aunque no se puede limitar a ella (Linares Alés, 1996a, p. 148 y 1996b, p. 13). La ideología, como ya se ha visto con Duchet, reside en el inconsciente del texto (Cros, 1986, p. 92). Bien es cierto que, además de esta línea althusseriana/lacaniana, Cros toma el concepto goldmanniano de “no-consciente”, que distingue del consciente y del inconsciente (1989, p. 140, p. 143, 2009, p. 75, p. 161 y 2011, p. 119).

Incorporación de la historia y escritura

La ideología rige la escritura, a la vez que está regida por ella, “trabajada y redistribuida por los mecanismos de producción de sentido, de donde surge la necesidad de interesarse por los funcionamientos de la textualidad” (Cros, 1986, p. 92; Salas Romo, 1995, p. 344; Linares Alés, 1996a, p. 148 y 1996b, p. 13). La escritura cumple una función de redistribución ideológica (Cros, 1992, p. 11). De aquí la atención que el profesor de Montpellier dedica a la ideología en relación con la genética textual. Pensemos en un título suyo como Ideología y genética textual. El caso del Buscón (1980), una obra que después entenderá como “sociodrama” (Chicharro, 2006, p. 8-9, 2012, p. 106 y 2020, p. 50, p. 58-59); o bien en otro que publica en colaboración con Gómez-Moriana, Lecture idéologique du Lazarillo de Tormes (1985). Las estructuras sociales están codificadas en el “genotexto”, que transforma una práctica ideológica (Salas Romo, 1995, p. 347; Chicharro, 2012, p. 73 y 2020, p. 19). Una selección adecuada de signos permite determinar la inscripción textual de determinados “trazados ideológicos” (Cros, 1986, p. 181). No obstante, debe evitarse la confusión de los trazados ideológicos potenciados en el “lenguaje pre-plasmado” con “la producción ideológica de sentido operada en el proceso de su transformación textual” (p. 214). Puede concluirse que a Cros, como a Duchet, solo le interesa lo ideológico en cuanto textualidad activa. Los trazados ideológicos, vectores de lo histórico, se invierten en el texto de ficción a través de unas estructuras de mediación (p. 240).

Inicialmente la ideología está en “le cadre du hors-texte” y solo pasa al “domaine littéraire” mediante el proceso de transformación que supone el trabajo de la escritura y las constricciones de la modelización (Cros, 1989, p. 140). La literatura es un sistema modelizante secundario (Linares Alés, 1996a, p. 145 y 1996b, p. 11; Chicharro, 1998, p. 51, 2006, p. 10, 2012, p. 73, 2020, p. 18), un lenguaje construido, irreductible a cualquier otro discurso. Toda palabra que se enuncia en ese sistema, caracterizado por su ficticidad y su especificidad, sufre los efectos de unas restricciones formales (Cros, 1989, p. 141). Nuestro profesor reconoce que, aunque la sociocrítica no constituye un conjunto homogéneo (se alinea con Duchet más que con Zima), todos sus valedores coinciden en que el texto literario “déconstruit de tracés idéologiques souvent contradictoires” (p. 144). Si la sociocritica se interesa por “le dedans du texte”, si se distingue de la sociología de la literatura tradicional por postular que la realidad referencial sufre, bajo el efecto de la escritura, un proceso de transformación semiótica que codifica ese referente en elementos formales y estructurales (Chicharro, 2005, p. 17, 2012, p. 19, p. 44 y 2020, p. 13), esto exige reconstruir el conjunto de mediaciones que deconstruyen, desplazan y reorganizan las diferentes representaciones de las vivencias individuales y colectivas: “C’est en avalisant les notions de texte et d’écriture proposées par la critique formaliste que la sociocritique peut poser en termes radicalement nouveaux le problème, capital pour elle, de la médiation et du processus de production idéologique du sens, procès qu’elle ne conçoit pas comme la construction d’une cohérence mais plûtot comme l’émergence d’une coïncidence de contradictions” (Cros, 1989, p. 145). El concepto de proceso de producción ideológica de sentido —o de “proceso de producción semiótico-ideológico” (Cros, 2009, p. 81)— es revelador: la ideología es incorporada al interior de la obra literaria, o cuando menos al proceso de mediación entre la práctica social y la discursiva, como exigen las nociones medulares de texto y escritura (Linares Alés, 2009, p. 29; Chicharro, 2002, p. 39) tomadas de la crítica formalista e inmanentista. Pese a todo, estas nociones coexisten con otras tomadas de la teoría de la producción literaria e ideológica: las contradicciones ideológicas del texto de las que hablan Balibar y Macherey, no la coherencia de la “visión del mundo” goldmaniana, ni por consiguiente la “homología” entre estructuras sociales y estructuras textuales, con la que el estructuralismo genético sortea el problema de cómo funcionan las mediaciones entre lo no discursivo y lo discursivo (Cros, 1992, p. 28) y trata de esquivar el concepto discutible de “reflejo” (Rodríguez, 2015, p. 216).

Una cuestión fundamental para la sociocrítica es de qué circunstancias históricas, de qué lugar ideológico, proceden estas o aquellas concreciones sociodiscursivas (Cros, 1989, p. 146). Cabe ir remontándose en el texto, como se dijo, de representación en representación hasta la ideología materializada (Cros, 1986, p. 147 y 2009, p. 82). Lo ideológico, que el profesor de Montpellier relaciona con el concepto althusseriano de AIE, solo interesa a la sociocrítica, como otros aspectos de la institución literaria, en la medida en que interviene, como estructura mediadora, en los dispositivos intra e intertextuales (Cros, 1986, p. 149). Pero en principio pertenece al dominio de “hors-texte” o de “l’avant texte”. No se contempla en ningún momento que, más allá de esta división entre el interior y el exterior (o el antes) del texto, la literatura es ya de entrada una práctica ideológica. Instalado en esa división pertinaz, Cros insiste en el papel fundamental que desempeña la ideología en la semiosis de la representación. Hacia el exterior del texto, nos encontramos en última instancia con este filtro originario y generativo por medio del cual el continuum de la realidad, todavía fuera del campo discursivo, viene a plasmarse en forma discursiva, lo cual demuestra, como sabemos, por qué “la semiótica de la ideología constituye la clave de la estrategia de la argumentación sociocrítica” (Cros, 1992, p. 31). La “ideología materializada” −ya se vio que nuestro teórico toma de Althusser la idea de que la ideología tiene una existencia material− establece una conexión entre lo no discursivo y lo discursivo, constituye un sistema de representaciones donde la realidad entra, se distribuye y se plasma (p. 31). Los ideosemas y las microsemióticas intratextuales (redes de ideosemas) intervienen en el proceso que lleva del material social prerrepresentado a la representación textual, en el proceso de semiosis generado y regido por la ideología materializada en unas prácticas sociales (p. 45).

Puede concluirse que la ideología está también dentro del texto, pero sobre todo fuera. Para la sociocrítica crosiana, la literatura no es en primera instancia una práctica ideológica. Es una práctica social e histórica, desde luego, pero sobre todo una práctica discursiva, semiótica y lingüística, como nos dicta el sentido común teórico de nuestro inconsciente cotidiano (Rodríguez, 2015, p. 49). La lingüisticidad es definitoria de la literatura (p. 53). La historia tampoco está dentro del texto: historia y literatura se oponen, planteando el problema del modo o los modos de inscripción del contexto en el texto literario (Cros, 1995, p. 121-122). Solo el sistema semiótico es susceptible de dar cuenta del sedimento de socialidad que ha sido memorizado en el texto (p. 124). Planteándose una poética materialista, si el marxismo es un instrumento apropiado para dar cuenta de lo literario, nuestro autor sentencia que la cuestión clave es cómo la socialidad (lo histórico y lo ideológico) se inscribe en el texto, bajo qué formas (p. 131-132). La historia y la sociedad, afirma basándose en la lectura que Kristeva lleva a cabo de Bajtín, no son sino textos que el escritor lee y reescribe (Cros, 1995, p. 137-138; Salas Romo, 1995, p. 345). De Kristeva toma precisamente la noción de ideologema para redefinirla (Cros, 1995, p. 103 y 2009, p. 213). El ideologema se movería fuera del texto, mientras que el ideosema lo haría en su interior (Chicharro, 2012, p. 74). La división texto/contexto, que no es sino un reflejo de la dicotomía espíritu/materia (Rodríguez, 2001, p. 56-62), de la cual derivan a su vez la lectura formalista (kantiana) y la sociológica (hegeliana invertida: la materia, no el espíritu) como supuestamente complementarias (Rodríguez, 2015, p. 63-65, p. 103), determina en todo momento el lugar que Cros concede a la ideología.

La sociocrítica, reconoce a la vez, “ne saurait négliger de s’interroger sur les zones de coïncidence du sujet idéologique et du sujet psychique” (Cros, 1989, p. 149). Esto explica su concepto de “sujeto cultural”, que converge con el sujeto no-consciente y atraviesa otras nociones como la de sujeto ideológico y la goldmanniana de sujeto transindividual (Chicharro, 2012, p. 80-81 y 2020, p. 26-27, p. 82-83). Mediante este concepto designa, entre otras cosas, “un processus d’assujetissement idéologique” (Cros, 1995, p. 1; Linares Alés, 2009, p. 41; Chicharro, 2012, p. 79 y 2020, p. 25, p. 82; Moszczyńska, 2012, p. 13). La idea se basa en el planteamiento althusseriano de que la ideología nos interpela como sujetos (Cros, 1986, p. 64, 1989, p. 140, 1995, p. 2 y 2009, p. 161; Chicharro, 2012, p. 81; García, 2011, p. 430). El sujeto cultural no es por lo tanto sino un avatar del sujeto ideológico (Cros, 1995, p. 3). La cultura es el espacio donde lo ideológico se manifiesta con mayor eficacia (Chicharro, 2006, p. 12, 2012, p. 52, p. 76-78, p. 112, 2013, p. 34 y 2020, p. 22, p. 24, p. 57, p. 80).

Por lo demás, haciendo un guiño a Barthes (Cros, 2009, p. 92 y 2010, p. 19-21; Linares Alés, 2009, p. 32), nuestro teórico indica que la sociocrítica nace del cruce de tres epistemes, el marxismo, el psicoanálisis y el estructuralismo, integrando además la semiología y ciertos logros de Lukács y Goldmann (Cros, 2009, p. 51, p. 153; Chicharro, 2020, p. 74, p. 78). Supone un desplazamiento de perspectiva desde el exterior al interior del texto (Cros, 2009, p. 53) y surge en plena efervescencia teórica del decenio 1960-1970, con el debate entre estructuralistas y marxistas acerca del lugar que otorgan a la historia (p. 54). Adoptando la metodología del estructuralismo, la sociocrítica se pregunta por la incorporación de la historia al texto: “La sociocrítica −para la cual la historia es el fundamento de toda estructura− solo utiliza el análisis estructural para poder acceder al análisis dialéctico” (p. 57). Sin sustraerse a la dependencia del estructuralismo, introduce notables rectificaciones partiendo de las formaciones discursivas por las que se interesa Foucault o de la teoría marxista del todo social desarrollada por Althusser (p. 57). Pero Cros resulta claro: el gran mérito de la lingüística y el estructuralismo consiste en haberse apartado de lo que se supone que dice el texto para interesarse por la distribución intratextual de los signos y preguntarse por la organización de estos signos dentro de un sistema (p. 90). Y el desarrollo de la semiología aplicada a la literatura caminaría en el mismo sentido, planteando el problema de la naturaleza y el funcionamiento del signo (p. 91). El signo sería, eso sí, un “producto ideológico”, o más exactamente, un “elemento semiótico-ideológico” (p. 93).

Si bien nuestro profesor subraya las tres rupturas epistemológicas que traen Marx (la articulación de economía política e historia social), Freud (la teoría del inconsciente) y Saussure (la lingüística como una parte de la semiología o ciencia de los signos) (Cros, 2010, p. 14-18), es obvio que la fundamental para su sociocrítica es esta última. Por eso se interesa no por lo que el texto significa sino por lo que transcribe, por la incorporación de la historia no al nivel de los contenidos sino de las formas: “Porque incorpora la historia de un modo que le es específico es por lo que el texto se presenta como un aparato translingüístico” (Cros, 2009, p. 98; Linares Alés, 2009, p. 33). La historia es “incorporada en y por la escritura” (Cros, 2013, p. 17). Por supuesto, esa historia es la construida teóricamente por el marxismo, la derivada de la “filosofía marxista de la historia” (Cros en Chicharro, 2020, p. 129; García, 2011, p. 427); pero lo importante es el modo específico en que lo histórico se incorpora al texto haciéndose lenguaje, el desplazamiento de los conflictos y problemáticas de una sociedad considerada en un determinado momento por las mediaciones que intervienen en el proceso de la escritura (Cros, 2009, p. 249). Esto es, el “origen socio-ideológico de las formas” (Cros, 2009, p. 250; Chicharro, 2013, p. 31 y 2020, p. 27, p. 36, p. 61, p. 83), la morfogénesis (Cros, 2010, p. 24; Chicharro, 2009, p. 13 y 2020, p. 65, p. 92). La literatura, en definitiva, es forma y lenguaje, escritura, antes que sociedad, historia e ideología. Para el querido y admirado maestro de Montpellier, la sociocrítica puede ayudar, eso sí, a liberarnos de las enajenaciones ideológicas (Cros en Chicharro, 2020, p. 130, p. 139; García, 2011, p. 428). De hecho, admite el carácter ideológico, aunque no político, de las teorías literarias (Cros, 1998, p. 9-10; Chicharro, 1998, p. 16-17).

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References

Electronic reference

Miguel Ángel García, « Literatura, ideología y sociocrítica », Sociocriticism [Online], XXXIX-1 | 2025, Online since 30 juillet 2025, connection on 13 janvier 2026. URL : http://interfas.univ-tlse2.fr/sociocriticism/4067

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Miguel Ángel García

Universidad de Granada

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