Pautas para entender el recurso a la familia nuclear en la narrativa de Eltit
¿Qué es la familia nuclear?
Lejos de ser universal y atemporal, el modelo de familia nuclear formado por una pareja heterosexual y su descendencia es una creación occidental impulsada por la configuración del Estado-Moderno, que se exporta a América latina como consecuencia del proceso colonial y de la expansión del capitalismo a nivel mundial. En el siglo XIX, pasa a convertirse en estructura predominante en las sociedades modernas, ya que la industrialización de la economía difunde este modelo a estratos y clases sociales que hasta entonces presentaban formas organizativas más extensas. La familia nuclear también es un entramado de enunciados, de representaciones fabricadas por los discursos dominantes. Según Olga Grau, la familia nuclear funciona como “espacio de normatividad” (Grau, 1995, p. 59): es un modelo producido materialmente por el Estado mediante medidas económicas, sociales y jurídicas que le confieren reconocimiento legal, legitimidad simbólica y apoyo material. Aunque en la actualidad las luchas feministas y LGTBI han permitido aportar cambios estructurales a la familia nuclear y diversificar los tipos de familia, con la incorporación de las mujeres al mercado laboral, el derecho al divorcio, la normalización de la convivencia fuera del matrimonio y de la separación o el reconocimiento legal de las familias formadas por parejas homosexuales, el modelo de familia nuclear sigue siendo hegemónico en las sociedades occidentales y todos los modelos alternativos que han surgido siguen padeciendo el monopolio institucional de la familia nuclear tradicional.
Familia y nación : un vínculo profundo
Para entender el recurso a la analogía familia-nación, tanto en los discursos oficiales como en los contradiscursos, es importante destacar las relaciones que unen ambos términos. Cabe señalar, primero, que el proyecto de nación que se estrena en las sociedades occidentales modernas depende a nivel material de la familia. El traslado de la producción fuera del hogar implica la institucionalización de una familia de tipo nuclear regida por una estricta división del trabajo: trabajo asalariado y socializado para los hombres; trabajo doméstico, aislado y no-remunerado para las mujeres que dependen económicamente del padre de familia y se encuentran bajo su autoridad moral-legal. Además, la nación moderna también depende de la familia a nivel ideológico, ya que el nuevo modelo de familia encarga a las mujeres la tarea de transmitir los valores nacionales. Como señala la crítica chilena Carol Arcos Herrera, “[l]as madres del Estado tienen la labor – el trabajo – de parir y cuidar el nacimiento de la nación” (Arcos Herrera, 2018, p. 30). Según ella, “el trabajo materno, desde este despliegue, preservaría, nutriría y educaría para la vida social en la nueva nación que se busca conformar.” (Arcos Herrera, 2018, p. 33). Es en el seno de la familia donde se aprenden, se transmiten y se interiorizan las relaciones de dominación que estructuran la nación. Existe, por tanto, una relación de alianza e interdependencia entre nación y familia: la nación fabrica la familia, y, a su vez, la familia fabrica la nación y reforzarlas significa reforzar también el orden material y discursivo en el que se insertan.
Aproximación al campo literario en el que se inserta la narrativa de Diamela Eltit
La primera marca enunciativa1 que determina la escritura de Diamela Eltit es la importancia de la familia en los discursos oficiales. Eltit publica su primera novela, Lumpérica en 1983, en un Chile en plena dictadura cívico-militar, en el que el poder oficial impone un discurso unívoco que ensalza los valores neoliberales, patrióticos y patriarcales y, según Richard, “consagra una mitología de la familia al servicio del tradicionalismo católico” (Richard, 2007, p. 29). Pinochet es erigido en padre de la patria mientras que las mujeres, asignadas al hogar, son las guardianas y transmisoras de los valores nacionales. Después de la dictadura, el modelo de familia nuclear sigue muy presente. La Transición es orquestada desde el poder militar, que intenta restringir el alcance de la democratización de la sociedad. Los gobiernos de la Concertación, la coalición de izquierda, centro izquierda y centro que derrotó a Pinochet en el plebiscito de 1988 consolidan el modelo neoliberal que constituía el sello de la dictadura chilena, y que se basa en la privatización de todos los servicios básicos. El Estado no cumple ninguna función social y por ello la familia nuclear constituye el último refugio donde se ejerce el trabajo de cuidado, y el capitalismo la necesita “como colchón, como amortiguador […] como espacio necesario de seguridad, de protección y de apoyo frente a la dureza de la vida cotidiana, fuera de esos marcos familiares”2.
La segunda marca enunciativa de la narrativa de Eltit es la conciencia de la dominación masculina que impera en el espacio literario, una conciencia que Eltit comparte con una amplia escena literaria protagonizada por mujeres escritoras como Nadia Prado y Marina Arrate, las críticas Carmen Berenguer, Nelly Richard y Raquel Olea. En 1987, aún en dictadura militar, juntas organizan el primer Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoamericana “gesto inaugural, ritual de apertura” (Berenguer y Brito, 1990, p. 15) de una nueva escena de producción literaria y de recepción crítica. Las autoras allí reunidas señalan la marginación de las mujeres del espacio literario y la invisibilización de sus producciones, poniendo en tela de juicios el postulado de “universalidad” de la literatura canónica. Diamela Eltit declara en el congreso:
[C]onvocamos, por primera vez en nuestro país, a una Conferencia en torno a la literatura producida por mujeres latinoamericanas y esto configura un gesto político complejo dirigido a la historia como poder, a la historia de la literatura en cuyo amplio y sostenido relato, se ha trazado una fina pero estricta división espacial, limitante para el cuerpo textual femenino. (Eltit en Berenguer, Brito y Eltit, 1990, p. 16)
Las ponentes van trazando el proyecto común de interrogar la especificidad de la escritura de las mujeres en América latina, haciendo especial hincapié en la noción de “diferencia”:
Inaugurar ese espacio, espacio de escritura de mujeres latinoamericanas, implica, desde ya, instalar la opción y la pregunta, sobre un cuerpo sexuado y reconocido en una diferencia activa. Di-ferencia enclavada sobre un orden periférico y marginal. Periférico, en cuanto al territorio en transcurso, y, marginal, por el lugar que ocupa este grupo sexuado en el territorio literario a examinar. (Eltit en Berenguer, Brito y Eltit, 1990, p. 15)
Tras demostrar que la marginación de las mujeres del espacio literario se sustenta en la instrumentalización de una “supuesta” diferencia biológica que las reduce al rol social de madre, las escritoras resignifican dicha diferencia para convertirla en una marca enunciativa disidente. También hay que tomar en cuenta que, en aquel momento, el contexto internacional está marcado por el auge de los contra-discursos, en particular los discursos feministas. Todas las ponentes del Congreso de Santiago interpelan los debates que agitan la escena francesa y anglosajona en torno a la cuestión de la escritura femenina. Dialogan con las feministas diferencialistas europeas, y apelan en particular la noción de “semiótica” de Julia Kristeva para quien el rescate del vínculo primario con la madre conlleva una potencia disruptiva3.
La tercera marca enunciativa en la que me interesa ahondar es la conciencia de Eltit de escribir desde un contexto marcado por la experiencia de la colonialidad. Para ella, el bagaje teórico feminista que procede de los centros debe ser adaptado al contexto enunciativo latinoamericano: “[…] las escritoras latinoamericanas debemos realizar un profundo y atento trabajo de reflexión, precaviéndonos de traspasos lineales y precipitados de modelos feministas internacionales, sin considerar nuestra cultura particular y nuestro específico contexto social” (Eltit, 1991). Eltit describe el contexto enunciativo de las escritoras latinoamericanas recurriendo a la metáfora familiar para desenmascarar la acción entrelazada de violencia colonial y de la violencia machista:
Reconociendo que, quizás, compartimos un padre común con las mujeres de los países desarrollados -padre europeo-, nuestra madre es otra -la indígena- y en esa otredad aún no explorada, puede radicar el eje para que la mujer se establezca en la historia latinoamericana de modo permanente e iluminado para la nueva sociedad que tan urgentemente necesita del discurso, de los discursos de la mujer, es decir, de una verdadera democracia. (Eltit, 1991, p. 11)
Si la metáfora de la familia es la que alimenta, en el discurso colonial, la imagen de un mestizaje concebido como unión fértil de dos civilizaciones, Eltit saca a luz la violencia encubierta por este concepto. Para ello, recurre a la temática de violación de la madre indígena por el padre europeo para representar la violencia –sexual, racista y económica– que caracterizó la expansión colonial y que el relato histórico eurocentrado se empeñó en ocultar:
Nuestra historia, trazada sobre una derrota territorial al mundo indígena, ha empujado a esos ancestros fuera del relato, instalando, en cambio, la voz duplicada de la conquista, en el férreo tramado de la historia. […] Esta antigua voz dominante, incubada artesanalmente en el cuerpo de la mujer indígena, ya violada, ya obsecuente, ya aterrada, portadora mayoritariamente de la modificación étnica y cultural en nuestro continente, sometió a las otras voces, voces indígenas, al estatuto de la indigencia materna, y al mestizaje, necesario para el repoblamiento, al cerco límite de la despertenencia histórica. (Eltit, 1991, p. 6)
Eltit inscribe en el cuerpo de las mujeres las violencias que fueron marcando la historia del continente y demuestra así su conciencia aguda del singular modo en el que la herida colonial y las relaciones de poder neocoloniales determinan la situación de subordinación de las mujeres en América Latina.
Variaciones en torno a la familia en tres novelas de Eltit
En este estudio, nos centraremos en tres novelas de Eltit, cuya intriga y estructura detallaremos a continuación.
El cuarto mundo (1989), la familia es conformada por una pareja heterosexual. A raíz de una violación conyugal, la madre queda embarazada de unxs gemelxs, una niña y un niño. Es el hermano gemelo quien abre el relato. Asumiendo una visión claramente masculina, recorre las distintas fases de la historia de su familia: la gestación de lxs gemelxs, el embarazo materno y la disputa por el espacio en el útero materno, su nacimiento y él de su hermana, los primeros años de vida de ambxs, la llegada de su hermana menor, María de Alava, hasta llegar a la disolución de la familia, cuando él ya es un adolescente. La división del trabajo en la familia, las desigualdades, las violencias machistas así como el aprendizaje de los roles de género por el hijo y las hijas constituyen un conjunto de elementos que permiten inscribir a esta familia en una tradición patriarcal. El momento bisagra de la novela es la exploración por la madre de una sexualidad no-reproductiva fuera de su matrimonio, pues precipita la desintegración de la familia. Este acontecimiento marca un punto de inflexión ya que abre la segunda parte de la novela, narrada por la hermana gemela. En ella, ésta relata la huida de los padres fuera de la ciudad para evitar la vergüenza y el estigma del adulterio y describe también la emergencia de una relación nueva entre ella y su hermano, un vínculo erótico y disidente que desemboca en la gestación de una hija, cuyo nacimiento clausura el relato: se trata de una novela llamada diamela eltit.
En Los trabajadores de la muerte (1998), Diamela Eltit recupera los códigos de la tragedia clásica para revisitar desde el Chile actual los mitos de Medea y Edipo y exponer el carácter destructivo de la ideología patriarcal que impregna el pensamiento occidental. En esta novela también la familia es nuclear: se compone de una pareja heterosexual y sus dos hijos varones. Eltit describe a un padre violento y a una madre alienada por el trabajo reproductivo. El quiebre de la familia se produce cuando el padre abandona su familia inicial para vivir con otra. Entonces, la madre programa su venganza. Ésta constituye el segundo relato, asumido por el el hijo mayor quien cuenta como localiza a su hermanastra, la seduce y finalmente la asesina.
La novela Impuesto a la carne (2010) es la historia de una madre y una hija que viven recluidas en un hospital que también es la nación o el país. La hija es gestada como consecuencia de la violación de la madre por los médicos del hospital. Ambas comparten un mismo cuerpo, al que los médicos infligen múltiples tratamientos y operaciones con el objetivo de vender sus órganos y su sangre en el mercado globalizado.
Trazar una epistemología de la dominación
La primera operación crítica que el recurso a la familia permite llevar a cabo es la de trazar una epistemología de la dominación con el fin de evidenciar, analizar e historizar los mecanismos entrecruzados de los sistemas opresivos contemporáneos.
En efecto, Eltit describe a familias en las que las dinámicas del patriarcado aparecen exacerbadas. En Los trabajadores de la muerte se exhiben de manera tajante muchos de los resortes de los que se vale el patriarcado dentro de la familia nuclear, por ejemplo la objetización del cuerpo de las mujeres a fines reproductivos, su explotación mediante el trabajo doméstico y de crianza, o las violencias machistas que ejercen los padres dentro del hogar. La madre aparece aislada, encerrada en la casa con sus dos hijos, mientras que el padre, trabaja fuera, se desentiende de sus responsabilidades educativas y asume comportamientos controladores y violentos, insultando a diario a su mujer y obligándola a mantener relaciones sexuales con él. En la novela, Diamela Eltit ancla el peso del trabajo reproductivo en el cuerpo de la protagonista, cuya espalda se encorva conforme pasan los años dedicados a los cuidados que generan “un destrozo que ya sé que no tiene remedio” (Eltit, 1998, p. 98-99). La protagonista explica cómo al nacer su primer hijo, ella se encogió de dos centímetros y cómo mientras lo amamantaba, éste iba “buscando en [ella], sacando de [ella], algo más que su alimento” (Eltit, 1998, p. 48). En un fragmento particularmente impactante, la narradora describe su propia disolución bajo los ataques de los fluidos que proceden de sus hijos y de su marido:“[…] las noches transcurrían entre los espasmos de vómitos y aunque me limpiara, allí estaban las dos guaguas hombres y allí estaba él para empezar todo de nuevo, para que en ningún momento me librara de recibir sus líquidos y me olvidara para siempre de un olor propio que alguna vez me hubiera emanado” (Eltit, 1998, p. 141). Cuando la narradora evoca, retrospectivamente los años que pasó junto con su marido entregada al trabajo reproductivo, declara con amargura: “Ocho años de gratis” (Eltit, 1998, p. 151). Estos ejemplos muestran la función analítica y reveladora que cumple la narrativa de Eltit: contribuyen a que la familia ya no aparezca como un horizonte deseable incuestionado sino como un espacio de opresión y de violencia para las mujeres y sus criaturas.
Después de instalar estas familias nucleares patriarcales y opresivas, Diamela Eltit establece un juego de correspondencia entre las dinámicas de dominación intrafamiliares y las relaciones globales de poder. Para ello, se vale de un proceso alegórico que asocia a la madre con el continente latinoamericano mientras que el padre o las figuras paternales funcionan como representantes de Occidente. En las tres novelas, la intriga se abre con la gestación no deseada de lxs hijxs y sigue con el relato de la lucha por la supervivencia de la familia en un contexto de marginación social. Según Bernadita Llanos, la intriga familiar en El cuarto mundo constituye un espejo de la historia latinoamericana, pues “la pareja que forman el padre y la madre remite y reitera simbólicamente la historia del colonialismo de América Latina y la conquista en términos de la configuración de un momento fundacional que constituye una identidad mestiza, sudaca, polarizada, y escindida entre la violencia masculina y el sacrificio femenino” (Eltit, 2006, p. 114). En Impuesto a la carne, la madre, una mujer baja y morena designada como una “submujer” (Eltit, 2010, p. 48), es violada por un médico blanco caracterizado como “[e]l médico primero o el médico fundador (del territorio)” (Eltit, 2010, p. 26). Cuando nace la niña gestada en esta violación, la madre vuelve a nacer junto con ella, y a raíz de este segundo nacimiento, su cuerpo se aloja dentro del cuerpo de su hija donde permanece atrapado. Si seguimos una lectura alegórica, la madre representaría a la América latina originaria mientras que la hija sería una alegoría de la nación mestiza que nace de la unión forzada de las mujeres indígenas y de los colones. Madre e hija nacen al mismo tiempo de manera a mostrar la violencia epistemológica que encubre la idea de “descubrimiento de América” ya que, en el relato europeo, lo que precede la Conquista no merece ser narrado sino ser destruido u ocultado, a imagen del cuerpo atrofiado de la madre dentro del de la hija.
En Los trabajadores de la muerte, lo que hace Diamela Eltit es rescatar modelos familiares que permanecieron ocultos por los relatos oficiales. La antropóloga chilena Sonia Montecino explica en Madres y huachos. Alegorías del mestizaje chileno que la Conquista y la Colonia provocaron la emergencia de un nuevo modelo familiar, generado por la unión de una mujer indígena y de un hombre blanco: el binomio madre/huacho. Se produce un arrebato de la figura del padre y una colectivización de la función paterna. Es asumida por un grupo masculino, el de los españoles, que no pertenecen a la célula familiar pero la someten a su autoridad. Montecino explica que los españoles tenían a menudo una familia oficial y una descendencia legítima junto con una mujer europea, sin embargo simultáneamente seguían teniendo uniones ilegítimas con mujeres indígenas de las que nacían familias condenadas al estigma y la invisibilidad social. En la novela Los trabajadores de la muerte, el modelo familiar recuerda este binomio madre-huacho. En efecto, el padre deja a su familia para irse a vivir a Concepción con su otra familia, de clase social más alta. “[E]l dolor del abandono” paterno” (Eltit, 1998, p. 74) genera un trauma en el hijo mayor que se obsesiona con la nueva familia de su padre y busca aproximarse a su hermanastra para dibujar los contornos de la figura paterna confiscada. La seduce, le pide una y otra vez que le hable de este padre, sin que ella sepa, al principio, que es de los dos, y acaba asesinándola para cumplir la venganza orquestada por la madre y así reparar el abandono. Este ejemplo de recuperación del binomio madre-huacho evidencia la función rescatadora y ampliadora del proyecto literario de Eltit: devuelve al imaginario colectivo modelos que le fueron arrebatados por los relatos nacionales oficiales.
Por otro lado, es interesante observar que varias novelas se prestan a una lectura múltiple, sin que exista una frontera clara entre los distintos niveles de interpretación. En Impuesto a la carne, la violación de la madre se puede leer en clave colonial, como violencia fundadora de la nación latinoamericana, pero también se puede leer en clave antiautoritaria, al asociar este acontecimiento traumático al Golpe de Estado de 1973. En la novela, aparece un abundante léxico militar: la narradora se refiere a los médicos como al “conjunto de generales” que se organizan en una “junta médica” que recuerda a la “junta miliar de gobierno” que gobernó Chile después del Golpe. Entre los generales, destaca uno que parece remitir a Augusto Pinochet. “el médico general, entusiasmado con su cargo pero asimétrico como todos los médicos generales. Un general. Incompetente. Sanguinario.” (Eltit, 2010, p. 91). Los maltratos infligidos a la hija y a su madre recuerdan las vulneraciones de los derechos humanos perpetradas bajo la dictadura: “Hemos experimentado en nuestro proprio pellejo las terribles represiones, las torturas (cállate, cállate) y la costumbre histórica para adormecer y matar” (Eltit, 2010, p. 73). La denuncia del sistema capitalista constituye un tercer nivel de lectura. En efecto, Impuesto a la carne se publica en 2010, año del bicentenario de la declaración de independencia de Chile, una conmemoración a la que la narradora alude en varias ocasiones. Con esta novela, Eltit se interroga: ¿Se puede considerar, doscientos años después de la independencia, que el país se ha liberado realmente del yugo de las grandes potencias mundiales? Responde un no tajante y se empeña en retratar las nuevas formas de la subordinación que imperan en Chile, en particular la sujeción a las leyes de la economía neoliberal, que describe como una nueva colonialidad. En efecto, en Impuesto a la carne, bajo el pretexto de curarlas, los médicos mantienen a las dos mujeres encerradas en un hospital en el que proceden al “prolongado saqueo de [sus] órganos” (Eltit, 2010, p. 72), “unos órganos (siempre colonizados, nunca independientes)” (Eltit, 2010, p. 121), Venden la sangre y los órganos de las dos mujeres “en la trastienda de un mercado desconocido pero seguramente devaluado y transitorio” (Eltit, 2010, p. 66), lo que remite al pillaje de las materias primas organizado por la economía extractivista. Las alusiones al capitalismo neoliberal y sus mecanismos de acción recorren el conjunto de la novela, y se entrelazan con las referencias a la Conquista o al Golpe de Estado. Así, creando ecos y asociaciones, la narrativa eltitiana teje puentes interpretativos para presentar, desde una perspectiva decolonial, la Conquista como momento inaugural de una violencia ininterrumpida que aún opera en la era neoliberal actual. El continuum de la violencia aparece también El cuarto mundo, novela en la que la hija menor presenta al padre como aliado de “la nación más poderosa del mundo” que “cambiaba de nombre cada siglo y resurgía con una nueva vestidura” (Eltit, 2010, p. 219). La autora demuestra con estos ejemplos que la dominación está estrechamente imbricada con la expresión de la masculinidad hegemónica, y que, por tanto, trazar la historia de subordinación de su país y de su continente equivale a trazar la historia del patriarcado.
Tejer resistencias
Si las figuras paternales son figuras opresivas, frente a ellas, las madres, los hijos, las hijas representan las posibles disidencias. La analogía entre familia y nación que estructura la obra narrativa de Diamela Eltit invita a pensar las resistencias de estos personajes como alegorías de las resistencias posibles a los sistemas de dominación contemporáneos. A través de ellos, Eltit recorre un repertorio amplio de prácticas que, desde los feminismos, abrieron espacios de libertad. Rinde homenaje a luchas pasadas y actuales a la vez que dibuja un horizonte para las luchas futuras, esbozando un mundo en el que sea deseable vivir.
Las primeras operaciones que evocaremos son las que producen una desestabilización de la estructura familiar sin tampoco permitir la emancipación definitiva de sus miembros. Una de las estrategias que aparece en El cuarto mundo consiste en romper la supuesta linealidad entre el sujeto y el rol social que le toca cumplir, para poner de relieve las zonas de intermitencias e interrupciones. En esta novela, la madre se encuentra en permanente negociación con la maternidad, a la que accede de manera forzada, pues su primer embarazo es consecuencia de una violación conyugal. A lo largo de la novela, lleva una relación compleja con el rol de madre, en la que se alternan fases de distancia, desapego y apartamiento, y otras en la que abraza de manera casi paródica el papel social que le incumbe. En todas ellas, existe, eso sí, un casi constante desajuste con la función materna normativa. También son relevantes las tentativas del personaje de conquistar espacios de libertad manteniendo una aparente aceptación del espacio asignado. Por ejemplo, la madre aprovecha los embarazos y la crianza para escapar de la sexualidad forzada por el marido. También procura ahuyentar al padre fuera de la casa para construir una alianza con sus hijxs y convertir el hogar en un lugar seguro donde ella toma sus proprias decisiones. Uno de los momentos decisivos de desencaje es cuando la madre deja de nombrar a su hijo con el nombre escogido por el padre para renombrarlo con un nombre femenino: “Tú eres María Chipia” (Eltit, 1989, p. 158).
Además, en esta novela, Eltit ensaya una escritura que busca revertir la oposición binaria femenino/masculino para convertir lo femino-materno en una fuerza disidente que abre la posibilidad de una relación con el mundo no mediada por el Logos. El deseo, central en el feminismo de la diferencia, también es clave en el proceso emancipatorio que se relata en El cuarto mundo. Si la ruptura familiar se produce después del adulterio, lo que invierte el destino de la familia es lo que ocurre inmediatamente después: el padre sorprende a la madre con el amante, se produce una confrontación entre los dos hombres durante la cual la mujer se queda sola: entonces su placer, que ya no es intervenido por los hombres, alcanza un paroxismo: “La cara de mi madre seguía ascendiendo en un viaje fijamente cósmico y personal. Mi padre y el amante pudieron observar, sobrecogidos, el clímax crispado en cada milímetro de su rostro” (Eltit, 1989, p. 206). Una vez liberado el goce materno, ya no es posible seguir narrando la historia desde una perspectiva masculina y adviene literalmente la “escritura femenina”: se interrumpe la parte de la novela narrada por el hijo y se abre la narración de la hija. Si este acontecimiento revoluciona la enunciación, sus efectos son limitados para la protagonista que, golpeada por el estigma del adulterio, se ve condenada al encierro. La acción de la madre revoluciona el relato pero no desencadena en una liberación del personaje a raíz de esta acción, lo que revela, a nuestro juicio, la voluntad de Eltit de reconocer los aportes y el potencial transformador de las luchas enfocadas en el cuerpo, el deseo y la glorificación de la diferencia, subrayando a la vez sus límites en un plano material.
Tanto en Impuesto a la carne como en El cuarto mundo, las hijas perpetúan la lucha honrando a sus madres, imagen que permite a la autora trazar una genealogía de las luchas feministas. En El cuarto mundo, el punto de partida de la nueva familia que constituyen lxs gemelxs es una consecuencia directa de la acción materna que provoca un cambio en la enunciación. La gemela retoma la narración y entrega un relato disidente de la resignificación de la relación fraternal desde lo erótico. En Impuesto a la carne, la narradora lucha apelando al “ímpetu anarquista que [l]e traspasó [su] madre” (Eltit, 2010, p. 31) y considera que “la única seguridad con la que contaba radicaba en mantener en [ella] el cuerpo de [su] madre. Explica: “Entendí que debía empaparme de las ideas y los programas libertarios que ella me inculcaba” (Eltit, 2010, p. 99). El punto de inflexión en la intriga se produce cuando la presencia de la madre en el cuerpo de la hija se convierte en una fuerza: antes encogida y pequeñita, la madre pasa a ser uno de sus órganos vitales: “Ahora comparte su liderazgo con el corazón y los pulmones. Mi madre es mi órgano más extraviado y el más elocuente” (Eltit, 2010, p. 183). Otra estrategia explorada por Diamela Eltit es la construcción de alianzas entre subjetividades marginadas. En una entrevista, la autora declaró: “Si a nivel simbólico, lo femenino es aquello oprimido por el poder central, me parece lícito, en primera instancia, extender esa categoría a aquellos grupos que comportan esa condición, pues la condición de desamparo –ya a nivel simbólico, ya a nivel material– no es privativa sólo del cuerpo (social y biológico) de las mujeres” (Eltit, 2000, p. 182). En la segunda parte de la novela El cuarto mundo, asistimos a una recuperación por lxs trxs hermanxs de la categoría “sudaca”, proceso de la que la hermana menor, María de Álava, es instigadora. En un primer momento, lxs gemelxs parecen haber interiorizado el estigma vinculado con su raza: “María Chipia y yo hemos nacido por una mala maniobra de Dios” (Eltit, 1989, p. 213); “ha sido nuestra mala conducta sudaca la que ha precipitado esta espantosa catástrofe” (Eltit, 1989, p. 215), explica la narradora. En cambio, María de Alava, se muestra lúcida desde el principio sobre los mecanismos en los que se fundamenta su inferiorización y rechaza cualquier intento de naturalización. Ella no habla de “raza sudaca” sino de “estigma sudaca” y lo presenta como consecuencia “[d]el maleficio que [les] ha lanzado la nación más poderosa del mundo” (Eltit, 1989, p. 219). Propone a sus hermanxs transformar el estigma en homenaje: “Mi hermana ocultó su cara entre las manos y dijo que un homenaje nos podría liberar definitivamente de la nación más poderosa del mundo” (Eltit, 1989, p. 219). Para ello, María de Álava invita a sus hermanxs a participar de una ceremonia ritual enfocada en el cuerpo, de “un baile sagrado que miraba directo a la tierra, encarnado y posible sólo en la tierra que contenía la perfección de nuestros pies para que el cuerpo erguido pudiera trenzar el universo y rehacerlo” (Eltit, 1989, p. 195). En este fragmento, el término “sudaca” deja de ser una designación identitaria inferiorizante para convertirse en soporte de una subjetividad política en lucha. La inversión definitiva del estigma y su conversión en homenaje sólo se vuelve efectiva con la destrucción de la familia inicial y la emergencia de otra nueva: “Ustedes disfrutarán todo el estigma sudaca”, se exclama María de Álava a sus hermanxs cuando los padres ya han huido de la casa. La criatura que está por nacer, fruto de la unión de lxs gemelxs, representa la concretización, la culminación de la inversión del estigma: “No llegará el niño para ser menospreciado, no llegará perdiendo de antemano. El niño lucha por nacer, en cualquier instante” (Eltit, 1989, p. 244).
Para terminar esta exploración del repertorio de prácticas emancipadoras presentes en la obra de Eltit, nos detendremos en la abolición de la familia. En efecto, hemos visto que el modelo de familia nuclear patriarcal funciona como metonimia de la nación y espejo de las relaciones globales de poder. Por ello, la disolución de la familia inicial es un paso obligado para la construcción de nuevos nuevos paradigmas relacionales. En El cuarto mundo, tras honrar a la madre y evacuar al padre, lxs gemelxs crean una alianza que se asienta en la horizontalidad de un vínculo fraternal que tiene el poder de derrotar las opresiones sistémicas: “sólo la fraternidad podía poner en crisis a esa nación” (Eltit, 1989, p. 224). Según la crítica Nora Domínguez, en El cuarto mundo Eltit defiende
una fraternidad nueva y poderosa, que manifiesta el entramado capitalista establecido entre Estado, familia y sexualidad, señala a la biopolítica como base de ese tejido y exhibe a la literatura como el espacio donde los hijos del incesto se nombran como “manifiesto”. Declaración de origen que no niega a la madre, declaración de guerra que sitúa y enfoca a los enemigos, declaración de principios que hace del hecho estético un acto al mismo tiempo político. (Domínguez, 2003, p. 72)
Esta nueva alianza se caracteriza por un rechazo de roles de géneros estables. Así, en la segunda parte del relato, lxs gemelxs ensayan representaciones teatrales en las que abrazan roles de género normativos desde la parodia, lo que permite, mediante una metalepsis, presentar la mimesis de género como actuación performativa4:
Cuando se asomaba el hastío, tomé otro papel, igualmente impostado y banal. Me revestí de distancia, apoyada en la mirada esquiva y en la ironía de mis gestos. Sumergida en la distancia, construí para él una interioridad en la que no me reconocía, la interioridad que desde siempre él esperaba, tibia, sumisa y llena de orificios, esperando que él me destruyera. Representé en la pareja adulta la pieza más frágil y devastada. (…) Lentamente el ritmo de aquel símil de comedia me encaró con nuestra real naturaleza. Cuando el hambre se nos venía encima, acabó nuestra capacidad de parodia. (Eltit, 2010, p. 230).
Otro ritual trasgresor que explora la nueva pareja es el travestismo. María Chipia se apropia de los ritos tradicionalmente asociados a lo femenino para abrazar un género caracterizado por la fluidez: “ Me presenta frontal su cara dorada de maquillaje. […] [S]e ha vestido con un traje que es el más llamativo que le queda. Su cabeza envuelta en seda, sus pies descalzos, sus ojos maquillados, sus cejas brillantes y sus labios engrasados me dicen que espera el momento del festejo” (Eltit, 1989, p. 220). Eltit opone así a la rigidez de las identidades genéricas normativas el concepto de transitividad de género que es soporte para pensar la complejidad y la movilidad de las identidades. En efecto, en una entrevista reciente, la autora declaró: “El hermano gemelo de mi novela es una figura trans y, aunque en ese momento yo no tenía nombre preciso para eso, pensaba en las identidades fluctuantes, móviles” (Eltit, 2023).
En Impuesto a la carne, el lazo que elige la autora como nuevo paradigma relacional es el vínculo madre-hija. La “alianza indisoluble” entre madre e hija que ha permitido su supervivencia, se convierte en la base para restaurar el concepto de comunidad: “En la patria de mi cuerpo o en la nación de mi cuerpo o en el territorio de mi cuerpo, mi madre por fin estableció su comuna. Se instaló en una comuna en mí rodeada de órganos que se levantan para protestar por el estado de su historia.” (Eltit, 2010, p. 183). Las protagonistas resisten a las violencias sufridas convirtiendo el cuerpo de la madre en órgano vital de la hija e invitan a las otras pacientes a unirse a su lucha: “En la comuna radica la única posibilidad de poner en marcha la primera gran mutual del cuerpo y después, con una esmerada precisión, organizaríamos la gran mutual de la sangre” (Eltit, 2010, p. 180). El cuerpo compartido de la madre-hija es un puente tendido para tejer una alianza sorora, la comuna, utopía política de una comunidad que se aglutina ya no en torno a la identidad sino en torno a una condición de vulnerabilidad compartida, dibujando, en palabras de Rita Segato, un mundo caracterizado por el “estar” y no el “ser” (Segato, 2023).
Conclusión
Este recorrido por la variedad de operaciones críticas feministas desplegadas por Diamela Eltit muestra las inmensas potencialidades que abarca el signo familia en su obra, que es a la vez laboratorio de análisis de los mecanismos de dominación y espacio desde el cual explorar varias estrategias de resistencia. La abolición de la familia nuclear permite generar nuevas utopías para pensar lo común ya no a partir de la subordinación colectiva a una autoridad moral encarnada en el padre, sino apelando a la potencia simbólica de otros lazos familiares estructurados desde la horizontalidad, la solidaridad y el cuidado mutuo.
Con una escritura que cumple a veces una función analítica, otras veces rescatadora, propositiva o utópica, según el objetivo político perseguido, Eltit nos enseña que la literatura puede acompañar o relevar tanto el pensamiento feminista desarrollado por la teoría, como las luchas llevadas a cabo desde el activismo o las políticas institucionales; incluso, muchas veces la literatura se vuelve anticipadora y consigue abrir sendas aún no transitadas por otros campos del feminismo.